
Es época de elecciones. En medio del vendaval de acusaciones de corrupción y trasteo de votos, se me ocurrió recordar la extraña muerte de un sujeto extraño: Edgar Allan Poe, encontrado en Baltimore el 3 de octubre de 1849, al pie de un colegio electoral en estado de delirium tremens, del que nunca saldría. Su muerte permaneció en el misterio, digno epitafio para quien ha sido justamente llamado El poeta del misterio.
Su biógrafo, albacea testamentario y traidor, el reverendo Rufus Wilmor Griswold, se encargó de dar al mundo la imagen de un Poe consumido por el alcohol, el opio y otras pasiones malditas; la imagen de un hombre casi siniestro, casi pedófilo, casi incestuoso, atormentado por los fantasmas de una infancia turbulenta y de una vida no menos turbulenta. Un hombre así sólo podía morir en medio del arroyo, anegado en su propio vómito, borracho perdido. Una muerte digna, insisto, para el escritor de algunas de las más “espléndidas pesadillas” de la literatura universal.
Lo malo del mito de Poe es que no parece ser históricamente cierto, si nos atenemos a la cuidadosa investigación llevada a cabo por Georges Walter. Walter afirma, entre otras cosas, que el legendario alcoholismo de Poe debe ser revisado. También deben ser matizados muchos otros puntos de su atormentada vida, pero en particular, debe revisarse la versión oficial de los hechos de su muerte, producto de la pluma de Griswold. Todo esto porque, de haber cometido Poe una grave equivocación, ésta fue confiar su legado al reverendo Griswold, poeta absolutamente menor y quien sentía hacia Poe una mezcla de envidia y resentimiento. En efecto, en una antología de la poesía norteamericana, Poe había desdeñado olímpicamente la obra de Griswold. Este nunca lo perdonó. A la muerte de Poe, tuvo en sus manos la oportunidad de una venganza póstuma y no la desperdició. Su versión sesgada de Poe todavía es repetida incansablemente por los biógrafos y ha sido decisiva a la hora de trazar la leyenda negra alrededor de su vida y su muerte.
La investigación de Walter acerca de los días finales de Poe revela algo notable. Era época de elecciones, y como en cualquier remoto villorrio tercermundista, el fraude electoral estaba a la orden del día. Uno de los trucos que utilizaban los candidatos para convencer a sus electores era contratar grupos de matones que ejecutaban con sus víctimas una especie de “paseo millonario electoral”, consistente en que le iban suministrando al cliente generosas cantidades de alcohol, mientras lo llevaban de una urna a otra. Cuando la persona llegaba al colmo de la borrachera, simplemente la dejaban tirada en cualquier callejón, después de haberla inducido a votar varias veces por ciertos candidatos. Esto, si hemos de creer a la versión de Walter, es lo que le ocurrió a Poe, sólo que en este caso, la débil constitución física del poeta, unida a una salud minada por todo tipo de privaciones, le habría impedido sobrevivir a la embriaguez electoral. El inventor de los cuentos policíacos moría en medio de un caso propio de una historia policíaca que requirió más de cien años para ser resuelta. Poe murió de fraude electoral.

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